LA BATALLA DE TABATÓ. El retorno de lo reprimido. Nota de Roger Koza.

Un fundido en negro y una voz que ordena simbólicamente lo que más tarde se verá: “4500 años atrás, nosotros habíamos inventado la agricultura y ustedes vivían en guerra”, dice más o menos esa voz. “2500 años atrás, nosotros habíamos encontrado una forma de gobernar y administrar justicia, y ustedes vivían en guerra”. “1000 años atrás, nosotros concebíamos las bases musicales del jazz y el reggae, y ustedes vivían en guerra”. Léase aquí un inventario civilizatorio y una autolegitimación por parte de un pueblo tratado por el poderoso como una humanidad de segunda categoría. No todo comenzó con los griegos.

Tras esas primeras declaraciones, llegarán la lluvia y los rayos, que iluminarán momentáneamente el espesor de la noche. Es un gran comienzo. Después, la Luna asomará entre la tormenta. El plano fijo se sostiene por un rato hasta que un círculo luminoso en movimiento, bastante parecido al satélite natural de la Tierra en el modo de ser filmado, permite descubrir que en realidad es un hombre viajando en moto. Después de este preludio misterioso, irán apareciendo los personajes principales, pero hasta aquí hay ya una poética precisa en cómo presentar un mundo y su historia. No todos somos conocedores de geografía y menos aún dominamos la Historia universal (que no debe jamás ser confundida con la europea). Por cierto, ¿qué sabe usted de Guinea-Bisáu? La batalla de Tabató puede ser un buen comienzo.

El director portugués João Viana debuta con este film singular en el que un episodio familiar precipitará el retorno de la memoria histórica. En efecto, Fatu, hija de Imutar, está por casarse con un músico llamado Mamadu. A pedido de los novios, el padre, renuente a volver a su país (insistirá en que la madre debería haber ido en su lugar), terminará visitando a su hija para asistir al casamiento. Ya desde el inicio, el desencuentro parece un destino, y no será el único inconveniente que deberán enfrentar los personajes. Es que el reencuentro con un territorio es mucho más que volver a ver un espacio conocido. Volver es aquí revivir. Lo que podría haber sido una comedia costumbrista se convierte rápidamente en un drama histórico y psíquico: Imutar confundirá el pasado y el presente, y en cierto sentido las épocas crueles del tiempo de la colonia subyacen aún en su experiencia más íntima, resurgidas ahora, lógica y topológicamente, del encuentro con su tierra. La Historia es un presente retenido, o un pasado que vuelve como pesadilla.

Así descripto, el film de Viana parecería desarrollarse como un típico drama familiar atravesado por un orden histórico, pero, en cierto momento, después de un accidente, irrumpirá un elemento tribal y cultural que irá enrareciendo por abstracción la puesta en escena en su conjunto, al mismo tiempo que se acelerará el trauma histórico en el padre. Es justamente aquí cuando la película juega todas sus cartas, tan heterogéneas pero asombrosamente bien ensambladas: el naturalismo casi amateur del inicio empieza a perder su lógica representacional, pues ciertos elementos rituales desbordarán la lógica de la cotidianidad. A su vez, el blanco y negro elegido para ilustrar el relato será “manchado” con sangre. Así, este desconcertante devenir rojizo de los planos, que materializan visualmente la experiencia del testigo de la batalla que da el nombre a la película, se combina con el otro registro mítico. Sorpresivamente, las decisiones formales funcionan. De ese modo, la película culmina con una rara yuxtaposición de lo ritual con lo histórico, del desgarro de un duelo con lo político, a tal punto que el desenlace será arrastrado por un chamanismo musical que conjura momentáneamente las desgracias de la comunidad toda.

Extraña película la de Viana, insólita para un cineasta procedente de la tierra de los colonizadores, magnífica en cuanto que revela una cultura compleja, y valiente en la medida en que filma buscando dar con el otro como un otro legítimo frente al lente de la cámara.

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