La utopía conquistada, un nuevo lenguaje colectivo.

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El futuro que, vertiginoso, se convierte en pasado digno de resguardo. El cine se ha convertido muy pronto en multiplicidad de soportes audiovisuales. Liberado del corsé del celuloide y simplificado el uso de las cámaras, hoy es ojo ubicuo. Las miradas que quedan registradas son como un río caudaloso, tan rico y vigoroso como cambiante e incontenible. Imposible guardar o recordarlo todo. Ante la incontinencia del ojo, el corazón debe ser selectivo.

Decía Fernando Benítez que no debemos olvidar que olvidamos, para eso se crean los archivos, los repositorios de los objetos culturales que refrescan la memoria: libros, documentos, cintas, mobiliario, vestuario… cualquier cosa que posee un significado social. La era digital, en principio, simplifica la acumulación, pero complejiza el proceso: ¿El objeto digitalizado sustituye el soporte original?, ¿digitalizar y poner en línea los archivos trivializa su labor?, ¿el archivo debe seguir como un espacio de poder, de centralización y dosificación del conocimiento? Pensando en el audiovisual, la discusión se amplía y enriquece si se integra a los que desde hace 20 o 30 años comenzaron a registrar con sus cámaras portátiles miles de horas de video con sus entornos, sus ritos, su cotidianidad. ¿Estas grabaciones también merecen rescate? ¿Quién lo decide? ¿A quién le toca preservar la memoria?

Preguntas que cuestionan el estatuto de los archivos y la jerarquía de los conocimientos, que reencuadran la idea de autor y la apropiación del video como soporte para preservar tradiciones ancestrales. Urgencia de resguardar el video condenado a una desaparición inminente por decreto de la obsolescencia tecnológica. El I Encuentro Internacional de Archivistas Audiovisuales organizado por OaxacaCine reunió, a lo largo de cuatro días, a un interesante grupo de curiosos, aficionados, cinéfilos, activistas, artistas, cineastas, archivistas, investigadores y técnicos (casi todos en múltiples combinaciones) para hablar de estos temas y vislumbrar caminos para la preservación y la creación de archivos audiovisuales comunitarios.

Archivista en cada hijo te dio

Rescatar del encierro las cintas atrapadas en los viejos VHS. Walter Forsberg, del Smithsonian Institute no sólo platicó sino que habilitó en pleno Centro Cultural San Pablo una unidad de transferencia, un laboratorio móvil para trasladar las imágenes de las cintas de video (VHS, Betacam, ¾’’) a archivos digitales. Esta idea nació de un proyecto implementado en el New Museum Of Contemporary Arts de Nueva York, donde en 10 semanas se digitalizaron más de 300 horas de video, en un actividad performativa donde cualquier persona podía llegar con sus casetes, desde películas hasta grabaciones caseras de todo tipo. Un experimento que, dice Forsberg, permite “desmitificar la tecnología”.

La versión oaxaqueña de la unidad de transferencia demostró su poder tecnológico y semántico. Una maraña de cables y una mesa repleta de aparatos, cual laboratorio de película del Santo, que sirvió para explicar cómo funciona la tecnología obsoleta en su diálogo con una Mac. Decenas de casetes transferidos, entre ellos un bautizo escondido en una cinta medio achicharrada por el tiempo que permitió a una madre reencontrarse con su memoria 22 años después. Ese rostro emocionado ante el hallazgo revela en un instante el carácter demiúrgico del cine y clarifica el sentido de un archivo.

Magdalenta Acosta Urquidi, investigadora y ex directora de la Cineteca Nacional, y Guadalupe Ferrer, directora de la Filmoteca de la UNAM, también compartieron sus experiencias en la construcción de archivos fílmicos y audiovisuales. Su diálogo mostró un panorama bastante completo de las estrategias de resguardo del cine mexicano —una sabrosa historia de leyes incumplidas, acervos caóticos, una apoteósica catástrofe: el incendio de la Cineteca en 1982; carencias endémicas, arqueología fílmica, hallazgos fortuitos y la construcción de una cultura cinematográfica robusta y sana a estas fechas—, y las posibilidades de diálogo con las nuevas tecnologías para ampliar el acceso a los acervos.

Un tronco de avispas

La memoria, como la imagen, es de quien la trabaja. El audiovisual ha demostrado ser una herramienta para el activismo y para el fortalecimiento de la tradición y la identidad; desde hace alrededor de 25 años, el video es una forma en que las comunidades pueden mirarse e incluso tender puentes con los que han migrado. Mona Jiménez, directora de MIAP, proyecto de preservación de la Universidad de Nueva York, contó su experiencia en la preservación de archivos de televisoras comunitarias en Estados Unidos, así como su trabajo con archivistas comunitarios de Ghana, Uruguay y Colombia. Un acercamiento intercultural necesario para tender puentes entre el discurso tecnológico y la mirada y el tiempo comunitarios, en vísperas de un taller intenso de catalogación.

En el mismo diálogo, sobre archivos comunitarios, escuchamos a Héctor Sandoval, triqui de San Andrés Chicahuaxtla, y a Juan José García, zapoteco de Guelatao, ambos miembros de Ojo de Agua Comunicaciones, organización pionera del activismo audiovisual, que desde 1998 ha capacitado a decenas de realizadores de comunidades indígenas del estado, en una extensión del trabajo realizado al inicio de esa década por el Instituto Nacional Indigenista (INI, hoy CDI), para transferir equipos de video a comunidades, germen de la explosión de realizadores indígenas.

Sandoval y García comparten la necesidad de la digitalización para preservar, pero también proponen una discusión urgente sobre los derechos de los materiales de las comunidades: ¿las imágenes son de sus realizadores, de la comunidad o de las personas que aparecen en ellos?, ¿quién decide si se pueden compartir o mostrar fuera de la comunidad? Temas importantes que a veces limitan la posibilidad de recibir apoyo, pues la normativa de instancias públicas, como la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), muchas veces solicita ceder los derechos de difusión de sus obras.

Don Crisanto Manzano completó la mesa con su poderoso testimonio. Zapoteco de Tanetze de Zaragoza, tiene 25 años documentando la vida de su comunidad. Cuando comenzó a grabar, en 1989 cuando fue capacitado por el INI, la gente se rehusaba a dejarse mirar por el bchek biizu (tronco de avispas, en zapoteco) que Manzano traía a cuestas. Don Crisanto conserva en su domicilio decenas de casetes VHS, muchos con moho por la humedad de ese rincón de la sierra, patrimonio comunitario en peligro de perderse si no se transfiere a otro soporte. Conservarlo pero sin condiciones, sin abrirlo masivamente, para qué arriesgarse a un mal uso de las imágenes que son recuento íntimo de las tradiciones.

Pero la imagen no se sacraliza, se deja fluir hacia donde se necesita, es acompañante, resguardo e inspiración de la tradición comunal. Un ejemplo es el ritual del Señor del Rayo; Héctor Sandoval contó la anécdota de cuando en San Andrés Chicahuaxtla grabaron esa antigua ceremonia que luego difundieron entre localidades vecinas. Su visión impulsó a una comunidad a retomar esa tradición olvidada.

Manos al archivo

El principio de cualquier catalogación es el consenso. Qué datos son importantes para identificar los materiales, tema que necesita una discusión amplia. La forma de aprenderlo es con las manos en el archivo, oportunidad que se presenta en las instalaciones de Ojo de Agua Comunicación, en una práctica para aprender los puntos básicos para catalogar y para identificar el estado general del soporte del material audiovisual.

El archivo de Ojo de Agua es un tesoro así nomás a simple vista. Cajas repletas de casetes de todo tipo, cada uno con las huellas de las diferentes clasificaciones. Etiquetas encimadas con datos sueltos, anzuelos para la memoria que pican al vuelo uno u otro de los integrantes de la organización: “Ah, sí, esa la grabaron los compañeros de…”.

El taller, impartido por Mona Jiménez y Walter Forsberg fue una inmersión en el ambiente de un archivo, en su énfasis en observar, sistematizar y ordenar. Trabajo en equipo que permitió compartir sabiduría y talacha —mientras uno anota, la otra revisa el estado físico del casete y el último ejercita la memoria para ver si recuerda algún detalle adicional del título mentado. Pretexto también para continuar la conversación, descubriendo historias, como la del exhibidor de Huautla que en los años setenta recibió de un gringo afecto a los hongos una cámara para filmar el pueblo y que regresó año con año para dejarle más y más equipo hasta alcanzar para un estudio de filmación y grabación en plena sierra.

¿Cuántas historias como ésta están dispersas? ¿Cuántas imágenes perduran desconocidas? El sueño delineado es construir una unidad de transferencia, pero móvil —pepenando por aquí y por allá el equipo en desuso— que recorra las comunidades digitalizando acervos, recobrando historias.

Apropiaciones y reapropiaciones

Genaro y Hermenegildo Rojas, de Tamazulapam Mixe, comparten la experiencia de Tamix, televisora comunitaria activa entre 1993 y 2000, experiencia audiovisual que ilustra los derroteros de la tecnología y su apropiación comunitaria. En 1992 un paisano mandó una cámara para grabar la fiesta, aparato que finalmente se quedó acá e inició la historia audiovisual de un pueblo que un año después se conectaba a través de transmisiones cotidianas por aire, con una antena abandonada de la desmantelada Imevisión. El audiovisual ha sido una herramienta poderosa para el encuentro, incluso entre comunidades enfrentadas que han podido, si no solucionar, por lo menos dialogar sobre sus problemas confiados en el seguimiento exacto del video.

El archivo de Tamix, luego del cierre de la televisora comunitaria, terminó en casa de la familia Rojas, materiales que han reposado por años hasta comenzar recientemente a digitalizarse, retomando un camino ritual de regresar a la comunidad, para mostrarse como ventanas al pasado, a veces a los muertos, otras a los niños que ahora son jóvenes. Custodiar un archivo comunitario implica una responsabilidad ética.

La misma discusión se repite en otros entornos, escuchar las experiencias ejercita la imaginación para crear soluciones propias. Gabriela Gámez, mexicana afincada en Montreal, colabora desde 2006 en Isuma.tv una innovadora plataforma de contenidos online de la comunidad inuit, del círculo polar canadiense, que también se ha abierto para albergar contenidos de otras comunidades indígenas, como una forma de difundir en forma masiva las culturas originarias.

La discusión que se detona es interesante. La accesibilidad es un paso todavía prematuro para el audiovisual comunitario, al menos el oaxaqueño. ¿Cómo poner en formatos de acceso masivo imágenes que son íntimas, que en muchos casos merecen la mayor solemnidad y resguardo? Cada comunidad debe discutir el tema en asamblea, pues el audiovisual no es asunto aislado, es parte de un proceso de encuentro y discusión intercomunitaria.

Pensar el audiovisual comunal en términos liberales —como un producto de autor guiado por criterios estéticos y/o económicos— lleva a un callejón sin salida. Es un sinsentido. “De nada sirve un producto estéticamente perfecto si no le gusta a la comunidad”, se opina entre el público. El audiovisual es lenguaje colectivo, y todo lenguaje debe contar con el consenso de quien lo utiliza.

Lo que sí tiene consenso es la necesidad de preservar para resguardar, darse el tiempo necesario para que la sabiduría comunitaria decida qué hacer con esta memoria. Porque hay muchas memorias, el audiovisual sólo es una, tampoco la más importante. Hay otras fuentes para conocer y aprender, además de que, en última instancia también hay derecho a olvidar. Una anécdota sobresale: cierta comunidad decidió en asamblea quemar las cintas grabadas por años. Hay que imaginar ese momento, la cinta desvaneciéndose en las llamas, imágenes disueltas que son ya sólo recuerdo, como ratificando su carácter efímero.

No trabajamos para la memoria
Si el archivo es memoria, ¿a quién le pertenece su contenido? ¿a su autor o al que lo consulta? No hay significados perpetuos, se construyen en cada mirada. La reinterpretación es el punto de partida para la creación, dice Jesse Lerner, cineasta y curador norteamericano. Bruno Varela, artista audiovisual lo demuestra con sus ejercicios de cine huérfano: Des-comunal, creado especialmente para el encuentro, recupera una antigua cinta de imágenes familiares anónimas, deslavada por los hongos de sus años de hibernación, para acompañar una reflexión sobre las imágenes y su mutable poder semántico, apoyada por voces en off, en zapoteco, mixe y español. “Parece que la vida no merece ser recordada sino como imágenes, congeladas en una serie de gestos que se repetirán hasta que se agote la energía o se disuelvan en la propia reproducción”. (Mientras la energía perdura, el mini-ensayo audiovisual ahora está en línea: vimeo.com/104926160)

El archivo tiene que ser un ente vivo, explica Jaime Martínez Luna con la autoridad de su veteranía en la antropología, el activismo y los procesos comunitarios. No trabajamos para la memoria sino para la reproducción de las experiencias sensoriales y creativas.

Ideas que se agolpan, apenas el vislumbre de la orilla de un océano de discusiones, de sapiencias y compartencias. Materia para el futuro, y también para la memoria viva, esa que se va transformando cada que se revisita. La mejor conclusión vino en labios de Genaro Rojas: “No hay modelo a seguir, las propuestas de archivo ya están sobre la mesa, lo que hace falta es comunicarnos. Todavía tengo memoria y todavía sé quién soy y a qué he venido”.

1er Encuentro de Archivistas Audiovisuales de Oaxaca

Fernando Mino. Agosto, 2014

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